Paradero

Martín, un estudiante joven (19 o 20 años), camina por la ciudad de Santiago tras una larga noche. Ha ido a una fiesta en busca de una mujer, pero ella no fue. Se pasó la noche tomando cerveza y esperándola. Camina cargando un malestar y un desánimo. Siente que las cosas no le están resultando como quisiera: la muchacha que quiere lo deja esperando, la carrera que estudia no termina de convencerlo, sus padres lo presionan. No tienen grandes problemas, sin embargo, los que tiene los magnifica. Martín camina con esa carga, con desgano, incluso con rabia, quisiera romper con la vida que está llevando, hacer otra cosa, cambiar radicalmente con el rumbo prefijado que pareciera tener su vida. Cruza el puente de Nueva de Lyon, llega a un paradero a esperar la micro que lo llevará a su casa en el barrio alto. Es tarde y no pasan micros. Espera. Mira y ve acercarse una mujer, que por su atuendo identifica como una prostituta. Ella llega y se sienta junto a él. Martín se pone de pie. La puta, cansada de una noche horrible en que ha sido golpeada por uno de sus clientes, se siente agredida y le dice que no es un travesti. Martín se incómoda, se da cuenta que ha actuado desde su prejuicio e intenta decir algo, pero no sabe bien qué hacer. Ella le pide fuego. Él no tiene. Se quedan en silencio, mirando la noche, experimentando el azar que los juntó en ese paradero. Poco a poco comienzan a hablar. Martín de un modo atolondrado empieza a contar detalles de su vida: lo que estaba haciendo, sus dudas, sus deseos de cambiar su circunstancia. A través de diálogos entrecortados, van revelando rasgos de sus respectivas personalidades. Sin darse cuenta, Martín deja de verla como una puta, advirtiendo a la persona que hay tras esas ropas y la historia con que ella carga. Se ríen, intercambian chistes, pero la puta repentinamente se siente incómoda. ¿Qué hace ella, una puta, conversando con un cabro chico, un niño rico, que nada tiene que ver con lo que ella vive? Interrumpe su conversación, se despide y se va. Él se queda en el paradero, sin atreverse a decirle nada. La ve partir, y desde ese lugar, vuelve a reparar en sus ropas y a verla simplemente como una puta.

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